En Tiempos de Aletheia

INFANCIA

Una noche de invierno, mi madre (Dios tenga piedad de ella) me preguntó, cuando acariciaba mi morena cabeza con su perfumado peine de madera, al resplandor del único y antiguo calentador de aceite de nuestra casa al que nos unen las noches de lluvia, oscuridad y frío, sobre las mujeres más cercanas a mi corazón, sobre si tuviera que elejir. Dije sin vacilación y excesivamente espontáneo: “Treintena madura”.

Se quedó en silencio mientras sus manos presionaron el peine con un movimiento involuntario. Penetró muchos años de oscuridad. Vi la inquietud en sus tristes ojos almendrados, pensando en voz alta de la esposa de mi tío, que se casó niña y terminó niño con suspiros y gemidos ocultos, sin tener un descendiente que recita Al-Fatihah todos los jueves y visita su tumba huérfano en el Valle de la Paz todos los viernes entre el incienso y el agua de rosas.

No tenía libertad de elegir ni momentos de reposar en el otoño de la vida como recuerdos. De repente, se encontró con un vestido de novia más grande que su cuerpo, con un anillo de plata que la esposó a una vida desafortunada, en medio de aplausos y felicidades de la familia y susurros no declarados (“la chica no debe quedar en la casa de su padre”). Gira a la izquierda y a la derecha sin más apoyo que un hombre viejo. Los sueños se evaporaron de repente y sin disculpas.

Nunca abandonó su hogar en vano, excepto para visitar los santuarios sagrados y los buenos santos, rogándoles que le dieran un hijo con quien celebrar el día. El esposo no escatimó esfuerzos en traer dulces y frutas para entretenerla. Era un esposo ideal pero, como muchos, pasaba la vida sin preocuparse por los que le esperan en casa, buscándose a sí mismo y su independencia en una hija.

Cuando murió, encontraron solo un papel doblado en su vestido blanco brillante, que otros creían que era un amuleto, en cual estaba escrito:

“No maten mis hijos con un matrimonio temprano”.

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