En Tiempos de Aletheia

El Concordato y algunos otros tratados firmados y traicionados por el Nazismo

No hay duda de que las relaciones institucionales entre el régimen nazi, la religión católica y el cristianismo, en general, fueron en todo instante polémicas y difíciles por la misma ideología del Nazismo que era absolutamente contraria al Cristianismo como lo manifiestan en las diatribas de Rosemberg y Goebbels y por la existencia de partidos políticos católicos por todo lo ancho y largo de Alemania, así como conservadores opuestos al Nazismo.

No obstante, en 1933 el gobierno de Hitler firmó un Concordato con la Santa Sede el día 20 de julio. Fue firmado por Von Papen, representante al mismo tiempo del Régimen y del Catolicismo de su país, y por el enviado de Pío XI, el cardenal Pacelli que también había sido Nuncio en Alemania de 1922 a 1929 y que llegaría al papado como Pío XII.

El Concordato tenía un antecedente: las conversaciones previas entre representantes de los dos poderes y la Conferencia Episcopal de Fulda de 28 de marzo de 1933, en la que todos los obispos alemanes dieron marcha atrás en su habitual oposición al régimen nazi además de reconocer el nuevo régimen, si bien condenaba algún punto de su doctrina, no desde un aspecto racista sino en el de la eutanasia.

El Concordato era un compromiso de la iglesia a aceptar la disolución de los partidos católicos y reconocer al gobierno de Hitler diplomáticamente. El nazismo, por su parte, se comprometía a garantizar el libre ejercicio de la religión católica.

El ejercicio de cualquier religión lo podría llevar a cabo siempre que el mismo no atentase contra la pureza de la sangre alemana, reconociendo el derecho de las iglesias a arreglar sus asuntos.

Las ventajas del tratado para Alemania eran, en primer lugar, afianzar su posición entre las naciones al ser reconocido el nacionalsocialismo como partido en el poder anulando con ello la oposición de la iglesia católica, dependiendo en último término de la autoridad del Papa. Para Roma la única ventaja era tratar de salvar la existencia de la iglesia en la Alemania nazi.

Esta política de traición se convirtió en característica. La Alemania nazi es posible que haya sido la nación que más pactos firmó y traicionó.

El 25 de julio se promulgó la Ley sobre la esterilización que contradecía todos los principios católicos y contra la que predicaron algunas eminentes personalidades de la iglesia alemana.

Fue Baldur Von Schirach quien procedió a la disolución de las Juventudes Católicas interviniendo directamente en los asuntos de la iglesia. Fueron millares los católicos, sacerdotes, monjas, seglares detenidos y acusados de toda clase de delitos, desde conducta indecente hasta falsificación de moneda, que en su mayor parte eran infundios. Como consecuencia, Pío XI hizo pública la encíclica “con viva preocupación”, el 14 de marzo de 1937 en la que condenaba el régimen nazi y mostraba su dolorida sorpresa ante la reiterada violación del Concordato que quedaba anulado.

Las agrupaciones católicas pasaron a la clandestinidad y en la “Noche de los cuchillos largos” Klausener, dirigente de Acción Católica fue asesinado por las SS.

Frente al fascismo, la iglesia católica fue siempre ambigua y pactista. Pío XI ya había firmado en 1929 el Tratado de Letrán con Mussolini. Fue un Tratado que terminó con las fricciones que siempre existieron desde que las tropas italianas entraron en Roma. Establecía en él la existencia del Vaticano como Estado independiente y se incluía un Concordato por el que se regulaban las posiciones de la Iglesia en el estado fascista. El Papa Pío XI recibió una considerable indemnización por las propiedades eclesiásticas requisadas por el gobierno italiano en 1870.

Tras el fallecimiento de Pío XI, su sucesor Pío XII mantuvo una política demasiado neutral, incluso favoreciendo a las potencias del Eje, si bien es cierto que desde el primer momento no cesó de intervenir a favor de la paz, incluso se ofreció como mediador en 1942 entre Inglaterra y una Alemania desnazificada por un golpe de estado. Sin embargo la Iglesia cerró los ojos con demasiada frecuencia ante las atrocidades que se cometían tanto en Italia como en Alemania, aunque esto pudiera deberse a la situación geográfica del Vaticano que hacía de Pío XII un prisionero virtual en manos de Mussolini.

La teoría de Lebensraun de la extensión del “espacio vital” de Alemania en Europa fue una de las directrices del pensamiento nacionalsocialista formuladas por Hitler por primera vez en “Mi lucha”.

Teniendo en cuenta que Europa estaba ocupada en su totalidad, esto no era problema para Hitler que afirmaba que el terreno no era posesión de quien lo habitaba sino de quien tenía la fuerza de poder conquistarlo. La conquista del “espacio vital” debía realizarse hacia el Este siguiendo los caminos de los caballeros teutónicos.

El 5 de septiembre de 1937 se reunieron en el gabinete de la Wilhelmstrasse, centro neurológico de la política exterior del Tercer Reich, los Jefes de los Ejércitos de Tierra, Von Fritsch; Mar, Reader; Aire, Goering; y de la Guerra, Von Blomberg; Asuntos Exteriores, Von Neurath.

Para Hitler los enemigos naturales de Alemania impulsados por el odio, eran Francia e Inglaterra, hostiles a cualquier refuerzo de la posición de Alemania. El Führer explicó que era posible atacarlos aunque fuesen poderosos. Pasó después a exponer sus puntos débiles, concluyendo que el problema que se presentaba para Alemania no podía ser resuelto más que por la fuerza.

En ese momento los colaboradores nazis se dieron cuenta de que la guerra era inevitable, inclusive dos años antes de lo que pensaban. De ellos, Blomberg, Fridch y Neurath se declararon contrarios al proyecto.

Blomberg fue obligado a dimitir porque su esposa había sido prostituta. Von Fritsch fue acusado por la Gestapo de homosexual y von Neurath fue simplemente separado de su Ministerio. Hitler asumió el título de comandante en jefe de las fuerzas armadas y se vio más libre que nunca para preparar la guerra.