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Cómo sobrevivir a un confinamiento sin hundirse emocionalmente

Por si alguien todavía no se ha enterado, estamos conviviendo con un virus que se ha reproducido fácilmente a gran velocidad, llegando a infectar a la mayor parte de nuestro planeta, por lo que se ha calificado esta infección de “pandemia”.

Esta situación ha generado que se hayan marcado, por parte de las autoridades, unas recomendaciones que poco a poco se fueron convirtiendo en normas de obligado cumplimiento en todos los países. En la llamada Primera ola, se restringió la movilidad de la población, en mayor o menor grado, en función de características particulares de cada lugar y de la gravedad de la transmisión. Con ese confinamiento disminuyeron las posibilidades de mantener las relaciones sociales tal y como las veníamos disfrutando hasta entonces.

En esos primeros meses, desde la Psicología, el foco se centró en los ancianos que vivían en residencias y en los niños. Esos dos grupos se consideraron como los más vulnerables de la sociedad emocionalmente hablando. Los medios de comunicación hablaban de ello en todas las tertulias y en los programas de pseudo-información que se limitaban a emitir noticias sobre el tema con cierto tinte morboso, por supuesto, con sus honrosas excepciones. Aquí y allá aparecían expertos explicando las consecuencias psicológicas que la pandemia, y en concreto las restricciones de movimiento, el uso de las mascarillas, las normas de higiene a seguir y las que iban a generar más patología psiquiátrica.

De todas las medidas impuestas, la que ha generado un aumento significativo de síntomas de Trastorno por Estrés Post-Traumático en la población en general ha sido el confinamiento. ¹

Cuando ha llegado esta Segunda ola, en la cual se definieron nuevas normas o nuevas formas de aplicarlas y coincidiendo con el comienzo del curso escolar, se temía que la implantación del uso generalizado de la mascarilla podría provocar serias secuelas psicológicas y trastornos de conducta en los niños y afectación emocional en los ancianos.

¿Qué ha ocurrido? La realidad no se ha ajustado de manera tan catastrófica como las predicciones realizadas anunciaban.

Si nos fijamos en población sin patología psiquiátrica previa a la pandemia, si bien las personas de mayor edad (de 65 a 85 años), siguen siendo las más vulnerables en el plano físico, han aceptado mejor que los adultos de mediana edad (35 a 60 años) y que los jóvenes (16 a 30 años) la restricción de movimientos y, por lo tanto, han soportado mejor el confinamiento. Desde fuentes médicas de atención primaria y sociosanitarias, nos informan de que no han aumentado de manera significativa las demandas de atención por ansiedad o alteraciones del estado de ánimo en esa franja de edad. Son los que más cumplen las normas de protección, como es el uso de la mascarilla y la distancia social, aceptando las mismas como necesarias y no como normas represivas. Esa aceptación, bien por comprensión de la utilidad de las mismas bien por aceptación del principio de autoridad, hace que no les genere tanta ansiedad ni afectación anímica como a los adultos de edades comprendidas entre 35 y 65 años.

En el caso de los niños pequeños de entre 3 y 7 años, por los que tanto se temía que no soportaran las mascarillas, desde el mundo educativo llegan incesantes mensajes de que en general son un modelo de conducta. ¿Cómo se explica esta evidencia? Ocurre que para que un niño madure psicológica y emocionalmente de manera equilibrada debe tener muy bien definidos unos límites de conducta, unos valores y unas normas. Cuando las normas son claras y aplicadas universalmente (que afecta a todos), es mucho más fácil para un niño integrarlas y seguirlas.

Donde la sociedad educativa comenzaba a preocuparse por esos jovencillos irrespetuosos que dificultaban la convivencia en las aulas, que no aceptaban normas y donde los valores morales y éticos estaban difuminados, la pandemia ha venido a poner algunas cosas en su sitio. Se vuelve a dar valor a la vida, al cuidado de los demás, a la importancia de la solidaridad, ya que solo con una actitud de colaboración de todos los individuos, la sociedad en general se podrá salvar.

Y entonces, ¿qué nos pasa a los adultos y a los jóvenes, que somos el grupo que más transgrede las normas, creando situaciones de riesgo sanitario?

Pues que cuestionamos la información que se nos proporcionan, porque no la vemos coherente con la actuación de algunos modelos sociales o personas que deberían serlo, no damos crédito a las fuentes que nos la proporcionan y no hallamos una figura con liderazgo que nos inspire confianza y credibilidad.

Esta actitud frente a lo que nos llega nos crea tal inseguridad e inestabilidad en nuestras creencias que somos precisamente los que no somos capaces de decidir un modelo de conducta al cual seguir y en el que encontremos certezas. Esa inseguridad y falta de definición es la que nos hace vulnerables psicológicamente. De ahí que la población perteneciente a la franja de edad entre los 30 y los 60 años, son los que están presentando mayor incidencia de desajustes emocionales, que se muestran como conductas de mayor agresividad, aumento en el consumo de alcohol y drogas, ansiedad, distimia, depresión y síntomas físicos como insomnio, pérdida o aumento compulsivo del apetito y patologías psicosomáticas.

Los “expertos” temían por los menores y se pusieron medidas y se crearon planes de actuación. Se preocuparon por los mayores, y también se especificaron medidas a tomar para protegerlos en las residencias, pero nadie pensó en la gran masa social de jóvenes y maduros adultos que se podían romper por falta de certezas y de información y formación veraz, y en ese punto estamos. Alguien se olvidó de que los individuos piensan, cuestionan y tienen capacidad de crítica. La coherencia es lo que da sentido a las cosas y facilita la integración de los conocimientos y de las normas. Si los responsables de la gestión de esta crisis sanitaria y social no son capaces de mostrar una actitud común y siguen en estado de perpetua confrontación de Egos, no conseguirán un modelo de sociedad ejemplar en su forma de enfrentarse al virus que protagoniza este año 2020.

 

 

Referencia bibliográfica

  1. Informe sobre la Salud Mental en la infancia y la adolescencia en la era del COVID-19. Plataforma de asociaciones de Psiquiatría y Psicología Clínica.

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