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Un lugar para escribir

Siempre he querido un lugar para escribir, pero no siempre lo he buscado. Más aún, pocas veces lo he tenido. Un lugar para escribir es aquel donde uno puede entregarse por completo a la escritura y enfrentar con libertad, espacio y tiempo los retos de la hoja en blanco. Un lugar donde es viable usar todas nuestras armas personales: terquedad, perseverancia, locura y determinación, entre otras, sin la mayor interrupción posible. Un lugar donde uno puede quedarse congelado en una idea o dentro de un estado emocional, sin llamar la atención de nadie. Un lugar para uno. Un lugar de soledad sola, o de soledad acompañada. Un lugar templo o barra de bar o banca de parque o mesa de café solitario. Un lugar avenida larga y despoblada. Un lugar donde uno puede sentirse como si estuviera frente al mar o en el campo. El mar, el campo, en un lugar. Y todas las cosas que nos acogen, cuando nos hemos quedado completamente solos en el mundo real y es momento de concentrarnos en ese otro mundo que estamos creando precisamente en este lugar para escribir.

 

Todo esto es o puede ser un lugar para escribir. Pero puede ser también una justificación o una rendición anticipada. Recuerdo que un compañero mío en la escuela primaria, uno de los mejores estudiantes que había entonces allí, se recriminaba por haber bajado sus calificaciones y me decía con tono severo: “Antes no tenía escritorio ni lámpara ni un cuarto solo para mí y compartía lo poco que había con mis cuatro hermanos; pero ahora que tengo todo lo necesario, no estudio lo suficiente”.

 

Una flojera que no es una flojera común puede invadirnos. Una flojera recubierta de miedo, de distracción, de autoestima baja, de temor al fracaso, de falsa debilidad, identidad o algo por el estilo tiene el poder de hacernos retroceder cuando la vida nos da la oportunidad de ir hacia adelante, sin ningún obstáculo importante.

 

Muchas veces he sentido un poema o un texto venir a mí cuando camino por una calle para ir a un lugar que no es precisamente mi lugar para escribir. Cuando era chico, me las agenciaba para tener a la mano una libreta en el bolsillo; más adelante un cuaderno de notas en la mochila; una hoja cualquiera; un libro; una tarea; pero algo al fin. Ahora recurro al block de notas de mi smartphone, sin la menor nostalgia por el papel y el lapicero. Y escribo, solo escribo, mejor dicho, garabateo una idea, un sonido, un ritmo, algo que en ese preciso momento me parece la semilla de una obra.

 

Sin embargo, ya en mi casa, en mi lugar para escribir, cuando he querido retomar la escritura no he podido. Incluso, a veces, me ha ido mejor en una cafetería al paso, en un taxi o en una banca o en un paradero de bus. Creo que en cierto modo soy un escritor al paso y que cuando hablo de un lugar para escribir, no me estoy refiriendo únicamente a una zona exclusiva para mí, en mi casa, sino a cualquier zona exclusiva mía en un tiempo y en lugar determinados, que puede ser cualquier tiempo y cualquier lugar que se presenten. Creo que el mejor lugar para escribir nace de mí, como una sorpresiva e inevitable necesidad de respirar el mundo, a mi manera.

 

Hay etapas de mi vida en las que me he sentido desarraigado, exiliado, sin destino y sin hogar y, por supuesto, sin un lugar para escribir. He tenido épocas de sucesivas mudanzas en las que apenas podía trasladarme yo; y momentos de cierta depresión, en los que con las justas podía sobrellevar mi cuerpo. Entonces, la necesidad de tener un lugar para escribir era imprescindible, casi una salvación, en medio de un diluvio de acontecimientos que no me dejaban anclar mi barca en algún puerto.

 

Hay momentos en los que, al igual que mi compañero de la escuela, he tenido todo lo necesario a mi alcance, pero no he hecho mucho o he hecho muy poco. Se me ha acusado numerosas veces de calentar el asiento, de ser egoísta con el uso de mi computadora cuando otros la necesitaban, de divagar, de ociosear mientras el mundo me reclamaba más acción.

 

Igualmente, hubo momentos en los que me arrepentí de no haber sabido construir todos estos años ese lugar para escribir ideal, ese lugar que, cuando veo las fotos de escritores desconocidos o conocidos, consiste en un escritorio propio y amplio, rodeado de libros, pinturas y objetos bonitos, y un equipo de música con grandes parlantes para acompañar la soledad creativa. Esa música de fondo capaz de salvar, incluso al más sordo y callado, de su excesivo silencio y soledad.

 

Pero en verdad nunca he podido saber si necesito o no un lugar para escribir. Incluso ahora que estamos en cuarentena no me he privado de ir sin rumbo fijo de un lugar a otro de mi casa. He dejado de lado mesas y escritorios y me he refugiado junto a la ventana que da a la calle y me he instalado en el lugar más cálido de un sofá. Es incómodo para mi espalda, pero me brinda una sensación de plenitud que me permite escribir, garabatear, soñar a través de las palabras. De esa forma me siento libre, aun en el confinamiento. Mi escritura, tal vez sea una especie de escritura al paso; aunque no sé bien si el que va siempre de un lugar a otro soy yo o es el mundo. El mundo que, como mi vida, felizmente nunca deja de moverse.

 

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