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LA IMPORTANCIA DE LA MÚSICA Y EL BAILE EN LA SALUD MENTAL

Todos hemos experimentado la gran influencia que tiene la música en nuestras emociones, como por ejemplo, cuando vemos una película de terror o incluso de suspense. Por poco que nos fijemos, anticipamos la peligrosidad de una acción por la melodía que comienza a sonar segundos antes de que la protagonista vaya a llevarse un susto enorme. La emoción de angustia que sentimos es debida a la respuesta que da nuestra amígdala cerebral ante el estímulo sonoro que ha percibido. Otro tipo de melodías, sin embargo, nos relajan, facilitan que nos concentremos en la tarea que estamos realizando mientras la escuchamos, y otras favorecen la comunicación. Todos esos cambios en nuestras emociones y capacidades cognitivas son consecuencia del efecto que tiene la música sobre nuestro hipotálamo, núcleo accumbens y área tegmental ventral que, a su vez, activan los centros de placer de nuestro cerebro.

Se considera la música como una de las principales fuentes de placer del ser humano desde el principio de los tiempos. En múltiples excavaciones arqueológicas se han hallado objetos rudimentarios que eran utilizados para generarla y se nos explica que lo que se puede considerar como los primeros instrumentos musicales, se utilizaran de manera rudimentaria simplemente golpeándolos unos contra otros al ritmo que les pareciera agradable o adecuado para acompañar la ceremonia en la cual se utilizasen. Si repasamos la Historia se puede comprobar cómo todas las civilizaciones le han dado una importancia sobresaliente a la música en sus respectivas culturas, adjudicándole propiedades añadidas a las de producir placer y entretener. 1.500 años antes de Cristo, algunos papiros médicos hacían referencia al poder que tenía la música sobre ciertas dolencias, y en concreto se utilizaba para favorecer la fertilidad en las mujeres, e incluso la Biblia hace referencia acerca de cómo David la utilizaba con intencionalidad curativa frente al rey Saúl.

En la práctica clínica de la psicología, la música se utiliza tanto con fines terapéuticos, con demostrados éxitos en diversos trastornos, como herramienta que resulta muy útil para incrementar la salud mental, ayudando a crear estados de ánimo más equilibrados y positivos en personas sin una patología concreta.

En una descripción muy básica sobre los elementos que conforman la música, podemos enumerar dichos componentes como el ritmo, la melodía y la armonía. Cada uno de ellos tiene un efecto diferente sobre las personas. El ritmo es la parte dinámica y repetitiva de la música. Su velocidad o tempo va directamente a ser captado por nuestro hemisferio cerebral izquierdo y nos activa o relaja según sus características. El ritmo nos empuja a movernos y dirige nuestros movimientos en el baile.

La melodía es la que tiene un mayor componente cultural y está estrechamente ligada al concepto de lenguaje hablado, y de hecho es una secuencia de frases musicales. De esta manera una melodía, para ser reconocida como sí, se estructura en torno al concepto de frases, de forma semejante a la estructuración del discurso hablado. La melodía es analizada por la corteza auditiva que la intenta ordenar y trata habitualmente de memorizar la información que le es transmitida. Esa característica funcional de la corteza auditiva es aprovechada por los publicistas que consiguen que se nos queden en la cabeza melodías que en el fondo no nos gustan, pero a las cuales nos hemos quedado “enganchados”. Un ejemplo de ello es la de cierto anuncio publicitario emitido en televisión que dice así: “¿Estaré pagando de más?”

La armonía cumple la función de acompañamiento, armazón y base de las melodías y es la que, incluso para los no profesionales, nos permite decir si nos resulta agradable o no, y ajustada a determinada circunstancia o situación.

En función de cuál sea el objetivo que tratemos de conseguir en una terapia con música, se trabajará más con uno u otro de los elementos anteriormente descritos. Si buscamos crear un efecto catártico utilizaremos ritmos potentes, rápidos y de tonos graves; en cambio, si queremos conseguir una liberación de emociones reprimidas, utilizaremos la melodía como elemento movilizador.

¿Cómo actúa en concreto la música en las personas?

La música es energía que se transmite por ondas sonoras y como tal nos activa y moviliza nuestra propia energía, de ahí que las respuestas ante el mismo estímulo sonoro sean individuales. La música tiene la capacidad de hacernos evocar recuerdos y emociones, provocar, fortalecer nuestra autoestima, ayudarnos a elaborar pautas de conducta que faciliten la integración social, liberar energía reprimida y alcanzar el equilibrio personal a través de su ritmo. Pero la cualidad que más valoro de ella es que es facilitadora de la comunicación interpersonal.

En los trastornos en que uno de los síntomas que muestran son las dificultades para relacionarse, como los trastornos del espectro autista, la música tiene un efecto relajante en los casos más graves, y se convierte en un instrumento facilitador del acercamiento a otros, así como de búsqueda de comunicación en los moderados y leves. En los trastornos del habla, como la disfemia o tartamudez, las canciones se convierten en una herramienta ineludible para su rehabilitación. De forma que, sin ser grandes expertos, todo terapeuta puede apoyarse en la música para una mejor conexión con sus pacientes.

El baile como conducta complementaria a la expresión musical

El baile es el movimiento corporal coordinado y pretendidamente armónico que realizamos mientras seguimos el ritmo y la melodía de la música. La conducta de bailar nace de forma paralela a la creación de sonidos rítmicos, es decir, desde el nacimiento de la humanidad. Al baile se le han asignado múltiples significados y poderes en función de la ceremonia en la cual se realice. Está impregnado de cultura y, por supuesto, es otra forma de expresión tanto de sentimientos como de intenciones. En sí mismo, es liberador tanto a nivel físico como psíquico, de ahí que también sea una actividad que se recomiende a todas las edades y para diversos estados de ánimo, ya que sus beneficios alcanzan a todos los que lo practican. Cuando se domina, el baile se convierte en una forma de expresión creativa que potencia la espontaneidad que todos llevamos dentro y esa característica es, por sí misma, equilibradora de la personalidad.

Desde las terapias psicológicas, cuando se le indica a un paciente que acuda a clases de baile, buscamos que esa persona mejore su capacidad de relacionarse con sus iguales en un ambiente de ocio más o menos dirigido, ya que la actividad implica siempre hacerlo con o junto a otros. Físicamente, bailar es un ejercicio aeróbico que libera endorfinas, neurotransmisores producidos por nuestro cerebro que ayudan a mantener el equilibrio hormonal y generar sensación de bienestar. Desde el punto de vista emocional y cognitivo, bailar ayuda a desconectarse de los problemas y preocupaciones, sobre todo, cuando se está aprendiendo, ya que la concentración que se necesita para aprender a coordinar todas las partes del cuerpo bloquea los pensamientos invasivos negativos.

La resistencia y la barrera tras la cual los pacientes suelen protegerse, es la del “miedo al ridículo”. Y precisamente la superación de ese complejo es el que conformará el núcleo de su curación o superación de su problema emocional.

Por lo tanto, desde el mundo de la psicología clínica considero que tanto la música como el baile no pueden tener más que beneficios para las personas.

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