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EL ENJUICIAMIENTO DE LA ACTUACIÓN

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Parece que el Determinismo (según el cual todo fenómeno está necesariamente preestablecido de una manera necesaria por las circunstancias o condiciones en que se produce, y, por consiguiente, ninguno de los actos de nuestra voluntad es libre), como doctrina filosófica nos lleva sin más remedio a la negación de la responsabilidad de nuestros actos, pero ¿podemos asumir esta implicación como el que decide creerse que la Tierra es redonda? Nos encontramos con una complicada suposición que no podemos aceptar sin someterla a discernimiento, porque no solo afecta al ámbito de nuestras creencias más arraigadas, sino que, dada su aceptación, las implicaciones éticas y sus posteriores consecuencias prácticas de asunción de cargos son ineludibles.

Vayamos, pues, a analizar la cuestión con mayor cautela y detenimiento. Comencemos por el surgimiento de la Ética. ¿Qué es o en qué consiste dicha disciplina filosófica? Muchos son los que confunden los términos “moral” con “ética” o, lo que es lo mismo, “la moral” con “la filosofía moral”. En este segundo modo de decirlo resulta más complicado confundirlos por la inclusión del primer término en la definición del segundo, pues ya podemos intuir que son cosas diferentes. De la Ética podemos decir que es la disciplina que surge como dilucidación sobre los conceptos del Bien y el Mal, lo bueno, lo justo, sobre un código moral concreto… Es aquella rama de la Filosofía que se preocupa por dar sentido a nuestros actos cuando estos tienen que ver con otros; un ser para otros, ese ser que es el ser humano en algún sentido no único. La Ética da razones y sentido a nuestro modo de ser para con otros, digamos. Pues bien, los filósofos han intentado explicar cuál era el criterio moral por antonomasia que debía guiar nuestras acciones en última instancia, algo a lo que todos pudiéramos recurrir en caso de enfrentarnos con un dilema moral. Pero no podía ser que para encontrar ese “algo” hubiéramos de mirar fuera de nosotros, porque entonces dependería de las circunstancias, así que ese algo lo encontraríamos mirando hacia el interior, universalizando la Ética al conseguir su fundamento en la esencia más profunda del Ser humano, lo propiamente humano; de ahí que muchos basen el criterio moral en la Razón o en el conocimiento. Y aquí cabe mencionar a los defensores de una ética basada en el Intelectualismo moral como Sócrates (“nadie hace el mal a sabiendas”), lo cual, por cierto, resulta bastante ingenuo. Otro ejemplo podría ser los que basan la Ética en la Razón, otorgando así universalidad y objetividad a la disciplina. Lo que viene a ser el Imperativo categórico de Kant, esto es, “actúa como si tu modo de actuar pudiera convertirse en ley universal y servir de ejemplo a cualquier otro en tu misma situación”. ¿Cómo saber si mi manera de actuar es o puede llegar a ser ejemplo para los demás? Muy fácil, diría Kant, busca en lo más profundo de tu razón. ¿Tienes suficientes razones? Pues hazlo.

Pero aquí nos encontramos un problema de cierta envergadura. Supongamos que el que no está en disposición de todas sus facultades mentales tiene que asegurarse de que está obrando bien mirando solo en su cabeza, en su interior, en su razón, pues podemos encontrarnos que tenga razones suficientes para llevar a cabo una acción que a mí no me sirva de ejemplo, aunque él está ciertamente seguro de que está obrando bien. El problema, en definitiva, es que todos, cuando actuamos, o después de haber llevado a cabo cierta acción, creemos que era lo conveniente y que teníamos suficientes motivos o buenas razones para emprender esa acción concreta entre las posibles acciones que se nos ofrecían.

Estamos suponiendo demasiadas cosas en estas afirmaciones bajo mi punto de vista; primero, que tenemos la Facultad de la razón o de razonar; segundo, que esta capacidad es la misma para todos; tercero, que el hombre tiene una bondad innata; en cuarto y último lugar, que además es libre cuando decide. Afirmo que son demasiados supuestos y bien podría ser que estas cosas no se dieran en este orden, e incluso que alguno de ellos sea falso. Digamos, por ejemplo, que el hombre no es libre, que sus decisiones y sus actos vienen dados por algo que él no puede controlar, por ejemplo, Dios o la estructura económica imperante. Pero, si es así, ¿el ser humano es responsable de lo que hace? ¿Y de lo que no hace o deja de hacer?

Pensemos en las teorías científicas que afirman que el hombre es un constructo biológico el cual solo obedece a los intereses que persiguen sus genes, a saber, sobrevivir y reproducirse con copias lo más fieles posible. Lo que conocemos como Neodarwinismo, que tiene su origen en la Teoría de la Selección natural y se aplica a todos los ámbitos de la vida del ser humano. Dentro de esta corriente de pensamiento y de sus implicaciones en otras áreas de la Teoría darwiniana podemos mencionar a su iniciador, entre otros, al sociobiólogo Edward O. Wilson, de reconocido prestigio en el campo de las ciencias biológicas. O los experimentos pioneros llevados a cabo por Benjamin Libet en el campo de la neurociencia, donde se aprecian las implicaciones de la investigación científica, de Neurología, más concretamente, en la Filosofía, otorgando un mejor conocimiento del ser humano. En estos experimentos se observa que las decisiones se toman en el inconsciente y cuando queremos ser conscientes de esta decisión ya hemos emprendido nuestra acción, lo cual implica una negación de la libertad del individuo a la hora de tomar decisiones.

Si entendemos cualesquiera de estas dos teorías como base de la explicación de nuestra conducta tenemos que, obligatoriamente, dejar de lado la Razón como fundamento de la misma y relegarla a a un segundo plano en el que nos sirve únicamente de ayuda para justificar ante los otros y ante nosotros mismos nuestros actos, haciéndolos parecer razonables, incluso para el individuo que no dispone de sus facultades mentales en plenitud al cual nos referimos unos párrafos antes.

Esto conlleva la aparición de un nuevo problema y es que el Determinismo biológico o genético como teoría que explica la conducta del ser humano niega la posibilidad, en principio, de la Justicia y de la Ética en general porque niega, a primera vista, las responsabilidades que otras teorías concernían sobre nuestros actos.

Parece difícil condenar o juzgar a alguien que no ha tenido libertad cuando llevaba a cabo cierto acto, y volveríamos al “nadie hace el mal a sabiendas” de Sócrates, porque no nos parece responsable del acto en cuestión. Pero es evidente que si su decisión es fruto de una cadena de reacciones físico-químicas que se producen en las redes neuronales o de unos genes malignos que le convierten en el ser vivo más hipócrita que haya sobre la Tierra, el caso es que nadie duda de que debe ser juzgado por los actos cometidos por nuestro Bien común, para la conservación de la especie y la conservación de un Estado justo que, como organismo, nos garantiza la seguridad y, por tanto, nuestra supervivencia.

En definitiva, la moral es seguramente necesaria porque necesitamos compartir un código de actuación dentro de la sociedad para una buena convivencia y la Ética es fundamental para que podamos reflexionar sobre todas estas cosas y darnos después buenas razones que nos permitan comprender nuestros actos y que nos los hagan parecer coherentes.

 

 

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