Icono del sitio En Tiempos de Aletheia

Política hidráulica (1860 – Franquismo)

Porque opinamos que aquel dicho que afirma que “es bueno conocer la Historia para no cometer los mismos errores” guarda en su esencia un hálito de verdad indiscutible. De ahí que sintamos el deber ineludible de instar a la recuperación de nuestro pasado en vistas a un aprovechamiento y crecimiento de nuestra sabiduría experiencial. Rota la barrera del analfabetismo debemos pasar al siguiente nivel: romper la del conocimiento y la cultura general, y para ello… hay que ejercitar la memoria.

El tema que pretendemos abordar en este artículo es el de la acometida de los proyectos hidrográficos de conversión del terreno de secano en regadío y del aprovechamiento de la energía hidráulica. Al ser fieles a la verdad, debemos afirmar que fue Miguel Primo de Rivera quien comenzó la andadura de las infraestructuras necesarias en pos del avance económico y social de este país. Con él se dieron comienzo a toda una serie de proyectos; desde el desarrollo de ferrocarriles hasta el de presas, pasando por el de buenas carreteras. Se abría así, ya en pleno siglo veinte, con el gran trabajo ensayístico y promovedor de los regeneracionistas, el comienzo del desarrollo y el paso de una sociedad mayoritariamente rural a una más avanzada en la que vivir del campo como jornalero o propietario no fuera un fiasco. “Uno de los mayores impedimentos que se encontró para llevar a cabo esta reforma agraria técnica fue la enemistad de los grandes propietarios, sabedores de que el regadío afectaría al régimen de explotación (el agua disuelve el latifundio)”. Otros problemas con los que se enfrentó el dictador fue con la falta de reforma agraria en sí y la falta también de la reestructuración económica necesaria para afrontar todas estas acometidas sin necesidad del endeudamiento exterior que se acusó, llegando incluso a verse en peligro la peseta. Dándose, sin embargo, en una situación de esplendor económico global: los conocidos años veinte.

Hemos de recordar que fueron Joaquín Costa y Manuel Lorenzo Pardo los más significativos artífices en la promoción de la política hidráulica, la cual fue tema y mención de todos los intelectuales regeneracionistas, quienes señalaron cómo el tema de la regulación del recurso del agua en todo el ámbito geográfico sería el punto de apoyo y desarrollo de una economía próspera y por ende la primera piedra a asentar para conseguir recuperar una sociedad venturosa y floreciente en general. “Solo entonces vendrán como por la mano y sin paradojas imposibles la regeneración de la agricultura muerta, la repoblación del país despoblado, la base firme de una riqueza pública y privada que todo lo fecunda, el bienestar de los individuos y de las colectividades, el principio, en fin, original de una civilización floreciente y culta”, Macías Picavea.

Ya desde 1860 se hace patente y palmario, pues, esta necesidad como ineludible, pero no es hasta el inicio de la Segunda República que se asientan verdaderos fundamentos que propiciarán su desarrollo. Y es que “los obstáculos de uno u otro signo se suceden sin descanso, la falta de interés o de capacidad de propietarios y entidades empresariales ante las previsiones y sugerencias oficiales aparece una y otra vez, la carencia de una visión estatal suficientemente resuelta y sistemática no logra corregirse con el paso del tiempo”. El reformismo republicano en seguida pretenderá resolver parte de estas dificultades, sobre todo las derivadas del tratamiento legal de las modalidades y condiciones de financiación y ejecución, solo así, se conseguiría disminuir el protagonismo de propietarios, “a la vez que se incrementan gradualmente las subvenciones y los incentivos aplicables a las empresas concesionarias y, sobre todo, a los sindicatos o comunidades de regantes”. Con Indalecio Prieto a la cabeza del Ministerio de Obras Públicas, encontramos que se plantea legalmente por primera vez “la posibilidad de que el protagonismo estatal” sea el regulador de “la realización de obras secundarias y complementarias para la efectiva transformación en regadío de las zonas afectadas por grandes obras hidráulicas” (Ley de 13 de abril de 1932). Se regularán aspectos relacionados con las distintas posibilidades de acometida y de posterior explotación por parte de los jornaleros que deberían contratar los propietarios; se regulaba también la posibilidad de desistimiento de la propiedad con el consecuente pago indemnizatorio de la misma por parte del Estado.

Volviendo al tema del desarrollo hidráulico, analizando los datos oficiales, nos encontramos con que la capacidad de embalse existente en 1921 era de 624,4 millones de m3; la creada en el período 1922-1930 fue de 697,1 m3 más; y la creada entre 1931 y 1935 (la mitad de tiempo que el período anterior) era de 2.522,3 m3. La República inaugura, pues, tres veces y media más capacidad que la Dictadura de Primo de Rivera. “Fue con la República cuando se alcanzó una cifra máxima de realizaciones. De hecho, aunque solo se superó en tres el número de presas construidas en la Dictadura, su volumen de embalse fue, en cambio, 4,6 veces superior, por lo que carece de sentido seguir afirmando que esta última impulsó las obras hidráulicas en mayor medida que la República”.

Lo que es palmario para la inmensa mayoría de estudiosos del tema es que “a pesar de su aparente modestia, y a pesar también de que los acontecimientos políticos se ocuparon de abreviar su aplicación y de obstaculizar su desarrollo, la Ley de obras de puesta en riego configura un eslabón relevante en la larga historia de la política hidráulica (…) esboza por primera vez una concepción integradora y coordinada de la intervención estatal en materia de transformación en regadío, concepción que desde luego no pasaría desapercibida en los años posteriores a la guerra civil”. (página 124)

Entrando ya en el siguiente período de la historia, cabría decir que sí, que muchas fueron las infraestructuras hidrográficas acometidas durante la dictadura franquista, más que en ningún otro período anterior. Señala Eloy Fernández Clemente, en su ensayo “De la utopía de Joaquín Costa a la intervención del Estado: un siglo de obras hidráulicas en España”, cómo “es curioso que en esta ocasión, los grandes propietarios andaluces, por ejemplo, reacios a sumir la puesta en riego propuesta en época anteriores, aceptan ahora la difusión y expansión del regadío”… ¿Miedo?, ¿espera de posteriores gratitudes del régimen o mero contento para con el mismo?

Lo primero que cabe señalar es que Franco se encontró ya planteados y desarrollados los preceptos de lo que debía hacerse en el territorio que okupamos para alcanzar una prosperidad que hiciera llegar la bonanza económica; los fundamentos y proyectos estaban sobre las mesas de los promotores e intelectuales al servicio de la Segunda República. Proyectos que debían verse acometidos a todas luces, pues de lo contrario se exponía al descontento general y a posibles manifestaciones de no sabía ni él bien de qué carácter…

Pero tanto miedo tenía Franco al pueblo repúblico que se dedicó a masacrarlo… también e incluso una vez terminada la guerra. En las guerras, a día de ayer (y todavía de hoy, aunque no en todas; ahora existen otros medios para reducir un pueblo o nación, hay vías alternativas de hackeo político), se mataba al contrario, se ejercía el pillaje por doquier, se quemaban sus propiedades y símbolos, se violaba a sus mujeres y descendientes, pero, una vez terminada la guerra, suponíase acababa el derramamiento de sangre, y el despliegue del ejercicio del horror en general. No dejaremos pasar la ocasión en balde para recordar a esos caídos por la injusta espada de la soberbia y del miedo, del miedo…No hay nada peor que el miedo, saca lo peor del ser humano…

El caso es que sí, que acometió grandes proyectos hidráulicos, hay quien los califica de colosales, faraónicos, desmesurados al fin y al cabo, pero los acometió. No podemos pues negar, continuando en la línea de ser fieles a la verdad, que es durante el franquismo cuando se desarrolla más a fondo la política hidráulica, pero ¿conocemos bajo qué requisitos?, ¿en qué condiciones? El documental “La cara oculta dels pantans de Franco”, emitido en 2007 por TV3, muestra la grotesca deshumanización que padecieron los obreros que desarrollaron la presa de Canelles, pero no solo ellos, sino también, junto a ellos, sus familias. Hambre, frío, miseria y penuria, condiciones infrahumanas de trabajo y de tal peligrosidad que se cobraron la vida de 56 obreros en 9 años de construcción tan solo en esta obra. En este documental hablan familiares de aquellos jornaleros y nos cuentan desde la diferencia de salario que había entre cualificados y no cualificados hasta cómo se enmascaraban los accidentes laborales con supuestas muertes naturales (hemorragias cerebrales, neumonías…), muertes naturalmente provenientes de las penosas condiciones de trabajo y de vida de los que allí vivían y trabajaban. Solo los trabajadores especializados tenían casa propia; el resto vivían en cabañas, corrales y bodegas de otras casas. L@s hij@s de los trabajadores no especializados eran sorprendidos buscando comida en la basura de los más afortunados. Tratados como esclavos, en jornadas de sol a sol (quedando olvidados los derechos de jornadas de ocho horas adquiridos gracias sobre todo a la Huelga de la canadiense y la posterior y consecuente Huelga general que se produjo a principios del siglo XX. Fue en 1919 cuando España –primer país del mundo en acatar esta norma– firmó el Decreto del 3 de abril de dicho año que establecía la jornada máxima de trabajo en ocho horas para todos los sectores). Engañados con la esperanza de buenos salarios, una vez llegaban, dada su pobreza, se ajustaban a las condiciones reales de trabajo o volvían a la ruina que ya conocían.

Con esto lo que se demuestra, una vez más, es el buen hacer de nuestros trabajadores; es esto y no otra cosa lo que nos hace prosperar; la capacidad de aguante, el sacrificio y el esfuerzo de los trabajadores. Y surge la pregunta, ¿para cuándo un gobierno que no abuse de ello?

Volviendo al tema que nos ocupa, después del inciso, queremos también añadir que el académico y doctor en Ciencias Económicas y Empresariales Carlos Barciela califica de “fracaso absoluto” las fases primeras del proyecto; afirma literalmente que “no fueron los adecuados para las circunstancias que vivió el campo durante los años cuarenta”. Barciela, Carlos (1986) “Introducción” a la segunda parte del volumen Garrabou, R., Barciela, C. y Jiménez Blanco, J.I. (eds.) Historia agraria… pp. 408-410.

Por su parte, Martínez Mesa señala que el Instituto Nacional de Colonización se limitó a comprar tierras y a fomentar el ánimo de lucro de los grandes propietarios: “Los terratenientes eran los únicos que poseían medios técnicos y económicos para emprender las obras. Los riesgos eran mínimos –conservaron el 72 por 100 de sus tierras– comparados con las ganancias. Porque si, por un lado, ponían en regadío cultivos más remuneradores; por otro, al facilitar la creación de poblados de pequeños parcelistas (…) se aseguraban mano de obra abundante, barata y preciosa”. A resultas de lo cual, “más del 50 por 100 de las tierras en regadío pasaron a los grandes propietarios; la diferencia de tamaño de las propiedades regadas se acentuó; el número de colonos instalados resultó ser muy limitado –entre 1939 y 1951 se asentaron 26.024 en secano y 1.404 en regadío–, con el elevadísimo coste consiguiente y, lo que es más importante, la superficie finalmente transformada y mejorada, 85.017 ha entre 1939 y 1951, quedó bastante lejos de las previsiones más sombrías”. Martínez Mesa, F.J. (1997) El Consejo de Economía Nacional, Madrid, Consejo Económico y Social. pp. 141-142.

De todo esto podemos sacar alguna que otra conclusión: por ejemplo, que ni lo hizo tan bien ni benefició tanto al pueblo como todavía demasiadas bocas propugnan en cuanto pueden. Otro epílogo posible, teniendo en cuenta los planes de desarrollo económico-social que hemos señalado anteriormente, es el de afirmar rotundamente que nos robaron el sueño del progreso, y que, por mucha infraestructura tecnológica que se desarrollase durante el período de la dictadura franquista, faltaba lo más importante y esencial: el derecho en comunión con la libertad. Un estado de derecho en sacramento con las libertades inherentes al desarrollo de una sociedad cultivada y que, por ende nos parece, sería así mismo próspera, pues ese sería su inevitable siguiente propósito… Y viceversa.

“Hay un español que quiere

vivir y a vivir empieza,

entre una España que muere

y una España que bosteza.

Españolito que vienes

al mundo, te guarde Dios;

una de las dos Españas

ha de helarte el corazón.”

Antonio Machado

 

Bibliografía y documentación:

Salir de la versión móvil