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ENTREVISTA AL ESCRITOR PERUANO JORGE EDUARDO BENAVIDES

Lo que destruye un tejido social es que no nos pongamos en la piel del otro.

 

Jorge Eduardo Benavides (1961, Arequipa, Perú) Estudió Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Inca Garcilaso de la Vega, en Lima. En dicha ciudad, y antes de venirse a España, trabajó dictando talleres de literatura, y posteriormente como periodista radiofónico. También como Jefe de Redacción de los noticieros de Antena Uno Radio, donde llevaba un espacio cultural.       En Santa Cruz de Tenerife , donde pasó diez años, fundó y dirigió el taller literario Entrelíneas, impartió cursos de escritura creativa para diversas instituciones, colaboró con el periódico El Diario de Avisos y fue Jefe de Redacción de Siglo XXI.

Ha colaborado con revistas literarias como Renacimiento, y en los suplementos culturales Babelia, de El País, y Caballo Verde, de La Razón. Entre sus obras destacan las novelas Los años inútiles (2002), El año que rompí contigo (2003), La paz de los vencidos (2009) Un asunto sentimental (2012), El enigma del convento (2014), El asesinato de Laura Olivo (2018); y entre sus libros de relatos, Cuentario y otros relatos (1989) Y La noche de Morgana (2005).

En la actualidad reside en Madrid.

¿Cómo llegó Jorge E. Benavides a la literatura?

Más o menos en el proceso habitual. En mi casa se leía mucho. Eras grandes lectores, y siempre estuve familiarizado con los libros en general y no solo las novelas. Creo que muchos escritores empezamos así, por desborde, por querer leer aquello que todavía no está escrito, por crear una historia que uno no ha leído aún.

¿Cree que soñar siempre fue mejor que morir de realidad? ¿O por otro lado, cree que esto es una absurda estupidez?

Claro. La parte interesante de nuestra vida es lo que especulamos acerca de lo que puede ser, de lo que ha sido. Y eso tiene mucho que ver con la ficción. La ficción cumple una misión importantísima para que la vida no sea más gris de lo que habitualmente es. Incluso las vidas aparentemente más apasionantes y más estimulantes tienen grandes páramos de aridez. La vida sería un poco más desolada sin cine, sin literatura, sin poesía, sin arte.

Estudió Derecho y Ciencias Políticas, pero decidió seguir el camino de la literatura. ¿Crees que necesitamos literatura para profundizar en nuestro propio interior, y en la misma medida, para observar la vida y la sociedad en otra manera?

La ficción no solo es entretenimiento en una forma banal de la palabra, la ficción es exploración, indagación de lo que nos rodea de la sociedad, de nuestro tiempo, y también de nosotros mismos. Y tiene mucho que ver con el hecho de escribir, no solo de escribir literatura. El hecho de que alguien ponga en el papel lo que piensa, le ayuda a pensar con mayor precisión acerca de lo que cree, de lo que observa. Los escritores a menudo diagnostican la realidad con una suerte de clarividencia que los sociólogos o los economistas no suelen tener. La Historia escribe los hechos, la Literatura escribe lo que especulan los seres humanos. Otra forma de Historia. Esto sirve para analizar. Cuando uno lee los novelistas de otras épocas entiende mejor esas épocas que muchos tratados de Historia. Para entender la España del XIX hay muchos ensayos y mucha literatura científica, pero uno lee a Galdós y entiende cómo funcionaba esa sociedad. La literatura es un buen diagnóstico de la sociedad; no tiene la frialdad y la enjundia de las Ciencias Sociales, pero es muy válido para entender la sociedad.

Sudamérica siempre anduvo convulsa, pero da la impresión que en los últimos tiempos el grito de la ciudadanía tiene mayor poder. ¿Cómo ve la actualidad de Sudamérica?

Es cierto, siempre anduvo muy convulsa. Hemos tenido unas épocas de relativa prosperidad y sin lo que era tan común, y aunque la gente joven no lo sepa, o más bien la gente desinformada, sobre todo, no lo conozca, Latinoamérica era un lugar que vivía de golpe de estado en golpe de estado, con militares, etc., etc. Y salvo unos pocos, la gran mayoría de países abandonó esa senda, y pasaron a ser regiones democráticas. Lo que pasa es que ahora está empezando a agotar ese modelo. No creo que eso haya fallado, creo más bien que todo tiene un ciclo. Naturalmente todo es más amplio, más complejo, pero en líneas generales, lo que veo es que la gente reclama, con justa razón. De todos modos, no es una revolución de los más pobres, de los desheredados, es una revolución de las clases medias. Es un tipo de descontento de las clases medias. De la misma forma que aquí. La gente habla del Mayo del 68 para comparar, pero no, no, es exactamente al revés. La Revolución del mayo del 68 no quería ser burguesa, le repelía ser burguesa. El que reclama ahora, lo que quiere es trabajo fijo, casa, coche, universidades, transporte, pensión. Todo lo contrario. Lo que no quiere decir que esté mal, es legítimo su reclamo, pero hay que leer bien lo que ocurre en las sociedades para entenderlas.

¿Y cómo ve la sociedad actual, en general?

Estamos viviendo épocas convulsas de transición en las que, inevitablemente, tienen que ver los desafíos de la tecnología. Esto ha cambiado nuestra sociedad y nuestra manera de relacionarnos. El peso que tienen las redes sociales a la hora de abordar nuestras dificultades, y además de distorsionarlas; y es que, ahora, ya no sabemos qué cosa es lo real y qué cosa no lo es. Nos estamos enfrentando a una revolución que va a cambiar nuestra sociedad de arriba a abajo, pero pasa tan rápido que no somos capaces de asimilarla. Eso es lo que veo. Nadie tiene un diagnóstico. La aparición de toda esta tecnología es lo que se llama en sociología un “Cisne Negro”. Es decir, es un evento, una aparición que nadie había previsto que fuera así. No sabemos cómo manejar y cómo contentar a una sociedad que es tan permeable por todos a través de las redes y las nuevas formas de comunicación. Es algo así como una crisis, que nos pasará factura, pero yo creo que en algún momento irá a mejor si no nos destrozamos antes. Creemos en Europa que lo de las guerras es algo ya lejano; también lo pensaron los que vivieron antes de la Primera Guerra Mundial. También hubo en aquella época una tecnología deslumbrante: los coches, los primeros aviones, la penicilina y muchas otras cosas.

¿Cuál cree Jorge E. Benavides, que es la mayor miseria de la especie humana?

Hay tantas. También hay cosas buenas. Pero quizás, la mayor miseria sea nuestra falta de solidaridad o de empatía. O puede serlo. Lo que destruye un tejido social es que no nos pongamos en la piel de los otros, los que realmente sufren; esos que podríamos ser nosotros. Lo que ocurre, por ejemplo, con la emigración. Con todo lo complejo que es ese tema, que no nos endurezca. Eso es quizás, a nivel social, lo peor que le puede pasar a un ser humano: endurecerse de esa manera. Eso destruye nuestra posibilidad de convivencia. Ahí se desmorona todo.

En su novela, El asesinato de Laura Oliva, se adentra en los trapos sucios del mundo literario, ¿Cómo ve la actualidad de la Literatura? ¿Y cuál cree que es la mayor miseria que reside en el mundo literario?

La Literatura siempre ha estado en crisis. Yo no conozco ninguna época de la literatura que no estuviera en crisis. Se suele decir de vez en cuando estás cosas de que la “literatura está en crisis”, “la muerte de la novela”, “la poesía está desapareciendo”, “nadie lee”. Y ahora, incluso, hay más lectores que nunca; lo que hay es menos lectores de literatura. Ahora, quizás lo que pasa con la literatura, como pasa también en otros ámbitos, es que hay un culto a la inmediatez y a lo superficial. Siempre lo ha habido, pero ahora somos más los que tenemos esa posibilidad. Con el acceso al entretenimiento de una gran mayoría de gente, también lo que aflora es la parte más frívola como lo es, en muchos casos, el turismo del viajero. La literatura con más densidad es la que pierde, pues es la que menos lectores va a tener. Eso es quizás, lo que sucede más ahora, una cierta frivolización acentuada de lo literario.

Y sobre la miseria. Los escritores siempre somos la última rueda del coche de todo el negocio literario. No solo en España, en el mundo. Los libros, salvo a unos pocos, les ayudan a vivir sin preocuparse de otras cosas. Nos hace un colectivo absolutamente precario económicamente. Lo peor es que los escritores nos pasamos hablando de agentes literarios en lugar de literatura.

¿Cree que las instituciones, los gobiernos, dan el valor suficiente a la creatividad de los diferentes autores, de las diferentes artes?

Por lo general, los creadores nos quejamos, y con razón, de que nunca es suficiente. Hay sociedades, y algunos países europeos, que sí pueden hacerlo; pero en el caso de España, por ejemplo, que estén tratando de fundar esta Ley por la que los creadores que se jubilen ya no puedan cobrar… Sobre todo, porque este tipo de creación tiene su máximo exponente cuando uno tiene la edad de Mateo Diez. Hay instituciones que hacen esfuerzo, pero hay un tradicional desdén hacia la cultura por parte de las clases dirigentes, que no brillan por su erudición. Hay erudición en España, pero no está en las clases políticas.

De sus libros me gustaron mucho El año que rompí contigo y Los años inútiles. ¿Cuál de todos sus libros recomendaría? ¿Y a cuál le tiene más cariño?

Aunque suene a una postura, los escritores siempre le tenemos más cariño al último que estamos escribiendo porque los otros ya pasaron. Fueron un largo proceso y un largo problema. Quizás, yo recomendaría El año que rompí contigo. La recuerdo con mucho cariño. Es una novela muy lúdica, es una propuesta sobre el mundo de la gente joven, cierto desencanto, cierta necesidad de construir una sociedad mejor. Muy parecido el mundo que viven los personajes a esta época en la que estamos; bajo otras circunstancias, pero parecido.

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