En Tiempos de Aletheia

El año del Coronavirus

“Para el año nuevo: sigo viviendo, sigo pensando. Todavía debo vivir porque todavía debo pensar. Sum, ergo cogito: cogito, ergo sum. Hoy todos se toman la libertad de expresar su deseo y su pensamiento favorito: bueno, también quiero decir lo que he deseado para mí hoy, y qué pensamiento se me pasó por la cabeza este año, un pensamiento que debería ser la base, ¡la promesa y el endulzamiento de toda mi vida futura! Quiero, cada vez más, percibir a los personajes necesarios en las cosas como lo bello: así seré uno de los que embellecen las cosas. Amor fati: ¡Que ese sea en adelante mi amor!”

Con estas palabras (o deseos) comenzaba saludando Friedrich Nietzsche al nuevo año en enero de 1882, y algunos quisimos terminar el 2019 y presentar el 2020 con esta frase y otras buenas voluntades. Se iniciaba otro ciclo y el espíritu casi animaba a la reflexión y el optimismo. Pero no, por mucho vitalismo y mucha buena conciencia que quiera uno poner, el que entonces era un nuevo escalón de la historia y del tiempo iba a ser sin duda un año catastrófico: el año del coronavirus. Del covid, del bicho, de la epidemia y, luego, pandemia. Del encierro, de las crisis sanitarias y económicas, del endurecimiento de las censuras intelectuales y de las libertades, de las prohibiciones cada vez mayores, del confinamiento en los hogares, de la incertidumbre y una exigida mansedumbre. El año de la nueva anormalidad.

Ciertamente, con sus retos habituales de un año del siglo XXI y sus solapadas tensiones, 2019 había sido un año relativamente estandarizado que hacía pensar en una continuidad con su sucesor. Casi invitaba a teorizar sobre lo ficticio que resulta catalogar el devenir con segmentos más o menos artificiales. Mas no. 2020 no iba a ser un año normal. Y sin duda se ha consagrado en los anales como un año complicado donde los haya. Pudiendo optar con muchas garantías de entrar en el pabellón de la fama de las peores añadas de la Historia. Dudoso honor que, futurólogos y conspiranoicos aparte, la mayoría no vimos venir. Un período en el que Nietzsche habría tenido que decir con la boca pequeña aquello de :”¿Esto era la vida?, ¡sí, otra vez!”

Turbulento y peligroso, hasta ponernos al pie de los caballos del profetizado “Fin de la Historia”, si no hay un reseteo humano mediante, el 2020 hace creer que un año es algo más que una simple categorización abstracta del hombre. Que hay períodos que, para bien o para mal, marcan para siempre y que, paradójicamente, la vida y la historia no cosas tan regulares, conocidas y controladas como creíamos. El “Veinte-Veinte”, con las incubaciones del diecinueve y años anteriores (quizá décadas o siglos anteriores), será, sin duda, difícil de superar en notoriedad. Cuatro dígitos que hasta el más pesimista autocomplacido en su acierto, respirará aliviado al traspasarlos por fin. Algo que, con todo, ya nos hace dudar de lo que vendrá. Y desanima a augurar presagios positivos como hicimos en Nocheviejas pasadas. Habría que ser casi un superhombre para regocijarse y motivarse ante semejante panorama que se presenta. Ya no será tan disruptivo, pero bien podría decantarse en la implosión de todos los problemas ya existentes, y de los retos culturales, sociales y humanos latentes como seres humanos y como especie.

Con todo, a año muerto, año puesto. Pasó el 21, llega el 22. El cinco mil doscientos ocho desde el inicio de la primera dinastía en Egipto y la primera ciudad de Uruk, en Irak. El cinco mil setecientos ochenta y uno desde la Génesis del mundo, según los hebreos. El cuatro mil setecientos dieciocho de un año Búfalo de Metal según la cuenta China del Emperador Amarillo (Huang Di). El mil setecientos setenta desde la fundación de Roma. El dos mil cuatro desde el nacimiento (dicen) de Jeshua de Nazareth. El mil cuatrocientos treinta y nueve desde el inicio de la Hégira para los mahometanos. Escasamente el ciento treinta y dos desde de que el “mostachudo” Nietzsche (autodenominado el “anticristo”) predicase su rechazo al “monótono-teísmo” y su apuesta por una vuelta a la vitalidad pagana. Dos décadas ya pasadas muy rápidas desde que nos sorprendíamos porque el inalcanzable año dos mil fuera a pasar, y un último año que se ha ralentizado y hecho eterno a base de aislamientos, dramas y sorpresas. Un año al que, sea como sea, es justo dar la bienvenida como gentes con buenos modales y filósofos que quieren llevar una existencia, sino temeraria, sí auténtica, vivida como digna de ser vivida: siempre nos quedará el consuelo del proverbio estoico de que, si buenos tiempos hicieron hombres (y mujeres) frágiles y acríticos, quizá, solo quizá, malos tiempos hagan personas más duras, más críticas y con más conciencia de lo que significa estar echados al tormentoso océano de lo que está ahí fuera, del Ser, de la realidad, de la vida. Con la responsabilidad de entender de primera mano, más allá de antiguas divagaciones mecánicas y etéricas, que no solo somos nosotros, sino también las circunstancias.

Así pues, por qué no, en este Sanctus Januarius, en esta nueva década (o no, juzguen ustedes si empieza ahora o ya empezó), los amantes de la sabiduría, sin ningún atisbo de autoayuda, demos una oportunidad al 2021, y a nosotros mismos. Seamos en estos un poco nietzscheanos, aunque acabemos también diciendo: “¿Eso era el 2021?, ¡otra vez no, por favor!”

1 comentario en «El año del Coronavirus»

  1. Me gusta tu bloc, aunque tus pasiones a veces dominan tu pluma. Una pluma un poco alicaída, pesimista, se nota que el pasado siempre fue mejor y no siempre es asi.

    Vivimos en el corsé del data scientist, de la privacidad de información en mitad de una revolución digital que está rompiendo todos los esquemas sociales y en el que nos adaptamos rápidamente, pero no asimilamos.

    Pensamos que el 2020 fue un mal año. Económicamente lo fue para muchos, no para todos. Si tenías acciones en Tesla subirron un 770%. Si tenías acciones en bitcoin doblaste tu capital… Un mal año socialmentr hablando, pero Vivimos en un mundo hiperconectado, engañamos a nuestros sentidos con videollamadas. Eso nunca engañará a nuestta necesidades sociales… o si? Un buen año ecológico, un descanso para la naturaleza. Un atentato para la cultura que casi se ve extinta. Pero como cada problema que se nos presenta es un reto en el que podemos aceptar o negar y sufrir. Una lección para crear. Demasiado optimista? Puede ser.

    Un abrazo